18/10/16

Ángel



Querías un ángel. Tú querías un ángel, vestido de seda, con alas blancas y frondosas, con una aureola multicolor que reflejara su belleza ante la luz pura o la penumbra.
Querías un ángel que te cuidara, que de algún modo te dijera que hacer en tiempos desesperados, un ángel que te guiara, que con su inmaculada belleza te diera fe y esperanza en éste mundo que te parecía tan cruel e inaudito.
Qué tiempos aquellos, cuando eras más joven y creías que podías tener tu propio ángel, uno que te amara y te protegiera entre sus brazos.

Y entonces un día, ese ángel que tanto anhelabas llegó a tu vida, lo recibiste con incertidumbre, pero luego lo arropaste entre tus brazos, lo alimentaste y lo cuidaste, lo miraste crecer y cuando por fin llegó el día en que tu ángel podía pensar por sí mismo y tomar sus propias decisiones, tú decidiste que ya no querías más un ángel, que su luz te quemaba y deslumbraba demasiado. Decidiste que ya no querías cuidar más de él y que quizá debías mal tratarlo para que su luz cesara y dejara de quemarte las corneas y tan sólo así tú pudieras acercarte un poco a él sin sentir que te deshacías en el intento. Querías quitarle su lado angelical, volverlo humano, imperfecto, que su luz se apagara o al menos brillase apenas lo mismo que la tuya.
Decidiste que ese ángel era demasiado para ti pero que debía ser sólo tuyo así que intentaste arrojarlo al vacío más profundo de su alma para que ya no fuera demasiado bueno, tan sólo bueno, merecedor de ti. Vaya pena. Y escupiste en él, lo rompiste en todas las piezas que te fue posible y lo miraste levantarse de nuevo, roto pero más hermoso que nunca, porque su fortaleza era lo que lo hacía bello, lo que forjaba su espíritu, y tú comenzaste a envidiar su brillo, su fortaleza, su belleza que por más que lo intentabas, no perecía. Y seguiste intentando marchitar a tu preciado ángel, al punto de querer arrebatarle la inocencia que habitaba en su mirada y la bondad que había entre sus manos, más sin embargo sólo lograste manchar su túnica con tu coraje y tu desprecio...

Entonces un día éste ángel decidió que ya era demasiado, que había perdido un ala en medio de la batalla entre tú y sus múltiples derrotas entre su amor y tu odio y que ya no podía ser tu ángel, y así sin más se marchó, así, sin poder volar, sin decir adiós, sin ningún remordimiento.
Y tú... Tú has decidido que después de todo, quieres a tu ángel de vuelta, pues ahora y más que nunca, te aterra la penumbra.